Museo Nacional de las Culturas del Mundo
El Museo Nacional de las Culturas es uno de los cinco museos nacionales del Instituto Nacional de Antropología e Historia, único en el país con el claro objetivo de acercar a sus visitantes a la diversidad cultural del mundo.
En 1825, el primer Presidente de México, General Guadalupe Victoria, asesorado por el historiador Lucas Alamán, dispuso la fundación del Museo Nacional. Posteriormente el Emperador Maximiliano de Habsburgo, por medio de un decreto, establece en 1865 que las colecciones y objetos del México prehispánico, y los de historia natural, fueran resguardados en este museo que antes albergó las llamadas “casas denegridas” de Moctezuma II, donde se dice que el gobernante azteca meditaba sobre los asuntos de gravedad que estremecían a la gran Tenochtitlan.
Este recinto, que a partir de 1965 alberga al Museo Nacional de las Culturas, fue también la primera Casa de Moneda durante la Colonia; alojó en la época juarista a la Suprema Corte de Justicia de la Nación y durante un siglo fue un centro importante de iniciativas para documentar la historia y realizar investigaciones sobre arqueología, etnografía, historia y estudios que fundamentaron las exposiciones en sus salas, contribuyendo así al desarrollo de la identidad nacional.
Sus importantes colecciones dieron lugar a la fundación de otros importantes museos como el primer Museo de Historia Natural en el edificio del Chopo, el Museo Nacional de Historia en el Castillo de Chapultepec en 1940, el Museo Nacional de Antropología en 1964. Al Museo Nacional de las Culturas del Mundo le corresponde la labor de investigar, conservar y difundir un rico acervo arqueológico, histórico y etnográfico que cuenta con más de 17 mil objetos de origen internacional. Estas colecciones han llegado mediante donaciones y préstamos de universidades, museos y personas de todo el mundo. Es un museo concebido para propiciar el conocimiento y el respeto a la diversidad cultural desde una visión histórica, antropológica y estética.
Actualmente el museo cuenta con las salas permanentes de Medio Oriente Antiguo (Egipto faraónico, Persia, Levante y Mesopotamia); Mediterráneo (Grecia clásica y Roma antigua); China, Corea, Japón y Türkiye. Además, la institución impulsa un dinámico programa de exposiciones temporales. En sus espacios se organizan diversas actividades educativas, artísticas y académicas.
China El reyno del centro
China posee una de las tradiciones culturales más antiguas y continuas del mundo.
China posee una de las tradiciones culturales más antiguas y continuas del mundo. A lo largo de milenios, sus sociedades desarrollaron sistemas de pensamiento, creencias, conocimientos y expresiones artísticas que establecieron una estrecha relación entre el ser humano, la naturaleza, la sociedad y el universo.
El taoísmo, el confucianismo, la veneración de los antepasados y las concepciones sobre la vida y la muerte influyeron profundamente en la organización social, las prácticas religiosas y las manifestaciones artísticas. Estas ideas se reflejaron en la pintura, poesía, caligrafía, escultura, música y danza, convirtiendo al arte en un medio para transmitir valores, conocimientos y memoria cultural.
La escritura constituye una de las principales expresiones de esta continuidad histórica. Además de servir para registrar acontecimientos y transmitir conocimientos, la caligrafía se consolidó como una disciplina artística vinculada con ideales de equilibrio, armonía y disciplina.
Materiales como el bronce, la seda y la porcelana alcanzaron un notable desarrollo técnico y artístico. Su producción y circulación favorecieron intercambios comerciales y culturales con otras regiones de Asia y del mundo, contribuyendo a la difusión internacional de elementos de la cultura china.
La porcelana
La porcelana representa uno de los mayores logros técnicos y artísticos de la tradición cerámica china. Su elaboración implicó un profundo conocimiento de las materias primas, especialmente del caolín, así como de procesos de cocción a temperaturas superiores a los 1,300 °C.
Desde aproximadamente el siglo VII d. C., China desarrolló y perfeccionó técnicas de producción mucho antes de que fueran conocidas en Europa. A partir del siglo XIV, los artesanos ampliaron considerablemente las formas y decoraciones mediante técnicas como la pintura, incisión, grabado e impresión.
Jingdezhen se convirtió en uno de los principales centros productores, particularmente por su relación con la producción destinada a la corte imperial. La porcelana podía cumplir funciones utilitarias, ceremoniales, decorativas y comerciales, y sus diseños incorporaron tanto modelos tradicionales chinos como influencias procedentes de otras culturas.
Desde una perspectiva museográfica, las piezas de porcelana permiten estudiar la relación entre tecnología, estética, economía e intercambio cultural. Más allá de su belleza, constituyen testimonios materiales de los conocimientos técnicos, valores estéticos, prácticas sociales y redes comerciales de la civilización china.
El patrimonio chino evidencia una extraordinaria capacidad para combinar tradición e innovación. Sus objetos permiten aproximarse a una cultura de larga duración en la que pensamiento, técnica y expresión artística se integraron para preservar y transmitir conocimientos y valores a través de generaciones.
La cultura coreana posee una trayectoria histórica milenaria caracterizada por la continuidad de sus tradiciones, la interacción con otras sociedades asiáticas y una notable capacidad de adaptación y renovación. Su tradición mitológica sitúa uno de sus principales relatos fundacionales en Dangun, asociado con el origen del antiguo Estado de Go-Joseon y con la construcción de una identidad cultural compartida.
La ubicación geográfica de la península coreana favoreció durante siglos el contacto con China, Japón y otras regiones de Asia. Estos intercambios propiciaron la incorporación de conocimientos, creencias y expresiones artísticas, pero las sociedades coreanas los adaptaron y reinterpretaron de acuerdo con sus propias necesidades y valores. De este proceso surgió una cultura caracterizada por la combinación de continuidad, innovación y sentido de identidad.
El arte tradicional coreano destaca por la búsqueda de armonía entre funcionalidad, belleza y naturaleza. La pintura, cerámica, escultura, música, indumentaria y artesanía reflejan valores asociados con la sencillez, la espontaneidad, la elegancia y la contemplación del entorno natural. Entre sus expresiones más representativas destaca el celadón, cuya tonalidad verde azulada y refinamiento técnico constituyen una de las principales manifestaciones de la tradición cerámica coreana.
Las creencias religiosas y filosóficas también tuvieron una profunda influencia en la vida social. El confucianismo, el budismo y el chamanismo coreano, entre otras tradiciones, contribuyeron a configurar prácticas familiares, ceremoniales, funerarias y comunitarias. Estas concepciones se manifiestan en objetos rituales, pinturas, esculturas, instrumentos musicales, muebles e indumentaria.
Desde una perspectiva museográfica, estos objetos constituyen testimonios materiales de las formas de vida, creencias, conocimientos técnicos y valores estéticos de las sociedades coreanas. Su importancia no reside únicamente en su antigüedad o calidad artística, sino en la información que proporcionan sobre las comunidades que los produjeron y utilizaron.
Un aspecto fundamental del patrimonio coreano es su dimensión intangible. Las técnicas artesanales, la música, las ceremonias y otros conocimientos tradicionales continúan siendo transmitidos por maestros y especialistas contemporáneos. Esta transmisión convierte al patrimonio en una herencia cultural viva, en la que las tradiciones del pasado se conservan, pero también se reinterpretan y adaptan a las circunstancias del presente.
La cultura coreana puede comprenderse como el resultado de un proceso histórico de intercambio, apropiación, transformación y continuidad. Sus objetos y prácticas permiten establecer un vínculo entre pasado y presente y muestran cómo una sociedad puede preservar su identidad cultural mediante la transmisión activa de sus conocimientos, expresiones artísticas y tradiciones.
El Egipto faraónico se desarrolló a lo largo del valle y el delta del río Nilo durante más de tres milenios. Su historia estuvo profundamente condicionada por el entorno natural, especialmente por las crecidas periódicas del Nilo, que renovaban la fertilidad de los suelos y favorecían una economía basada principalmente en la agricultura, complementada por la ganadería, la pesca, la artesanía y el comercio.
La sociedad egipcia desarrolló una compleja organización política, administrativa y religiosa. El poder se concentró en la figura del faraón, cuya autoridad estaba vinculada con el ámbito divino y con la responsabilidad de preservar el equilibrio del país. Uno de los principios fundamentales de esta cosmovisión fue maʿat, asociado con el orden, la justicia, la verdad y la armonía. Este concepto regulaba tanto la vida social como las relaciones entre los seres humanos, los dioses y el universo.
La religión ocupaba un lugar central en la vida cotidiana. Las divinidades, los rituales, los templos y las prácticas funerarias estaban estrechamente relacionados con las concepciones egipcias sobre la naturaleza, el poder y la existencia después de la muerte. La veneración de los antepasados y las creencias sobre el destino del difunto dieron lugar a una extraordinaria producción de tumbas, esculturas, amuletos y ajuares funerarios.
La civilización egipcia se desarrolló mediante un largo proceso histórico que incluyó diferentes períodos de centralización y fragmentación política. Entre sus principales etapas destacan el Reino Antiguo, el Reino Medio y el Reino Nuevo, separados por períodos intermedios de crisis y reorganización. A pesar de estos cambios, existió una notable continuidad en aspectos fundamentales de la religión, la escritura, el arte, las prácticas funerarias y las concepciones sobre la realeza.
El contacto con otros pueblos también fue determinante. Egipto mantuvo relaciones comerciales, diplomáticas y militares con regiones como Nubia, Libia, el Levante y Mesopotamia, además de interactuar posteriormente con persas, griegos y romanos. Estos contactos produjeron procesos de intercambio y sincretismo cultural y religioso, sin que desaparecieran las tradiciones locales.
Desde una perspectiva histórico-cultural y museográfica, los objetos egipcios constituyen testimonios fundamentales para comprender esta civilización. Esculturas, relieves, herramientas, cerámicas, objetos rituales, amuletos, documentos escritos y ajuares funerarios permiten estudiar aspectos de la vida cotidiana, la organización social, las actividades económicas, las creencias y las estructuras de poder.
El Egipto faraónico representa una de las civilizaciones más duraderas de la Antigüedad. Su legado se caracteriza por la estrecha relación entre naturaleza, religión, política, sociedad y arte, así como por la capacidad de conservar y transformar sus tradiciones a lo largo de miles de años.
La cultura japonesa se desarrolló a partir de una combinación de influencias externas y creación de formas propias. Aunque su condición insular favoreció características culturales particulares, Japón mantuvo intercambios importantes con China, Corea y otras regiones de Asia, incorporando la escritura, el budismo, el confucianismo, modelos políticos y diversas técnicas. Sin embargo, estos elementos fueron adaptados y reinterpretados según las necesidades y valores japoneses.
Uno de los rasgos centrales de la cultura japonesa es la relación entre funcionalidad, belleza y espiritualidad. Esta concepción se manifestó en la cerámica, la laca, los textiles, la arquitectura, la pintura, la caligrafía, la ceremonia del té y las artes escénicas. La naturaleza también ocupó un lugar fundamental, especialmente por la importancia de las estaciones, los paisajes y los cambios naturales en la sensibilidad artística y religiosa.
El sintoísmo y el budismo, particularmente el Zen, influyeron profundamente en la cultura japonesa. De ellos surgieron valores relacionados con la contemplación, la disciplina, la sencillez y la armonía. Conceptos estéticos como wabi y sabi se relacionaron con la valoración de la sobriedad, la naturalidad y determinadas formas de belleza asociadas con la imperfección y el paso del tiempo.
Durante la Edad Media, Japón experimentó el ascenso de las élites guerreras y de los gobiernos militares dirigidos por los shōgun. Los samuráis ocuparon una posición importante dentro de esta estructura y, además de sus funciones militares, desempeñaron tareas administrativas y culturales. Los distintos shogunatos, especialmente el Tokugawa durante el período Edo, establecieron sistemas políticos y sociales jerarquizados que perduraron hasta la Restauración Meiji de 1868.
La cultura guerrera estuvo vinculada con valores como la disciplina, la lealtad, el honor y el servicio, aunque la idea de un único código samurái denominado bushidō debe entenderse históricamente como un conjunto cambiante de ideales y prácticas, cuya formulación sistemática se desarrolló especialmente en épocas posteriores. La espada, las armaduras y otras producciones relacionadas con los guerreros alcanzaron un elevado nivel técnico y artístico.
Manifestaciones como el teatro Noh, la ceremonia del té, la caligrafía, las artes marciales y la fabricación de objetos muestran la importancia de la práctica, la concentración y el perfeccionamiento técnico. En ellas, la disciplina podía convertirse también en una forma de desarrollo personal y expresión estética.
La tradición japonesa se caracteriza por la integración de elementos aparentemente opuestos: tradición e innovación, influencia extranjera y creación local, disciplina y sensibilidad, austeridad y refinamiento. Su patrimonio cultural permite comprender la estrecha relación entre arte, religión, política, naturaleza, técnica y vida cotidiana, y explica por qué numerosas expresiones japonesas continúan influyendo en el arte, el diseño y la cultura contemporánea.
Levante Entre Nómadas y Sedentários
El Levante fue una región estratégica del Mediterráneo oriental y del antiguo Próximo Oriente debido a su ubicación entre Egipto, Mesopotamia y Anatolia.
El Levante fue una región estratégica del Mediterráneo oriental y del antiguo Próximo Oriente debido a su ubicación entre Egipto, Mesopotamia y Anatolia. Su diversidad geográfica —costas, valles, montañas, estepas y zonas desérticas— favoreció el desarrollo de distintas formas de vida, desde comunidades agrícolas sedentarias hasta grupos pastoriles trashumantes.
La agricultura, basada principalmente en cereales como el trigo y la cebada, así como en cultivos mediterráneos como la vid y el olivo, impulsó el establecimiento de asentamientos permanentes, la generación de excedentes y una mayor complejidad social. Paralelamente, la ganadería de ovejas y cabras permitió a las comunidades pastoriles adaptarse a regiones con recursos estacionales, estableciendo relaciones de intercambio con las poblaciones sedentarias.
Desde el Neolítico y el Calcolítico, las sociedades levantinas desarrollaron diversas tecnologías, prácticas económicas y expresiones simbólicas. La cultura ghassuliense constituye un ejemplo de esta diversidad y de la complejidad alcanzada antes de la consolidación de los grandes Estados de la Antigüedad.
A partir del III milenio a. C., la posición del Levante entre grandes centros políticos favoreció el desarrollo de intensas redes comerciales y culturales. Por su territorio circularon mercancías, materias primas, tecnologías, creencias y expresiones artísticas. Al mismo tiempo, la región fue escenario de conflictos y de la expansión de distintos poderes políticos.
Desde una perspectiva museográfica, los objetos arqueológicos permiten reconstruir estos procesos. Cerámicas, herramientas, objetos rituales, adornos y ajuares funerarios constituyen testimonios materiales de las actividades económicas, las creencias, las relaciones sociales y los intercambios culturales de las comunidades levantinas.
El Levante puede entenderse como un territorio de encuentro, intercambio y transformación, donde la diversidad ambiental y la movilidad humana dieron lugar a una cultura material extraordinariamente rica. Su patrimonio permite comprender cómo las sociedades antiguas construyeron sus identidades mediante la combinación de tradiciones locales, contactos regionales y transformaciones históricas.
El desarrollo de las primeras sociedades agrícolas transformó profundamente la historia de la humanidad. La domesticación de plantas y animales permitió el establecimiento de comunidades sedentarias, la generación de excedentes y, posteriormente, el surgimiento de ciudades, instituciones políticas, sistemas religiosos y formas de escritura. Estos procesos se desarrollaron de manera diversa en regiones como Anatolia, el Levante, Egipto y otras áreas del Mediterráneo y del Próximo Oriente.
El mar Mediterráneo desempeñó un papel fundamental como espacio de comunicación e intercambio. Desde la Antigüedad, sus rutas fueron recorridas por navegantes, comerciantes y pueblos como los minoicos, micénicos y fenicios. A través de estas redes circularon mercancías, tecnologías, conocimientos, creencias y expresiones artísticas, favoreciendo procesos de contacto y transformación cultural.
La civilización minoica, desarrollada principalmente en Creta, destacó por sus centros palaciales y sus relaciones comerciales con diversas regiones del Mediterráneo oriental. Posteriormente, la cultura micénica se consolidó en la Grecia continental y desarrolló importantes estructuras políticas y administrativas. Los fenicios, organizados en ciudades de la costa oriental mediterránea, alcanzaron una notable expansión marítima y comercial, estableciendo asentamientos y rutas desde el Mediterráneo oriental hasta el norte de África y la península Ibérica.
A partir de los siglos VIII al VI a. C., distintas comunidades griegas establecieron colonias y centros comerciales en el Mediterráneo y el mar Negro. Este proceso favoreció la difusión y transformación de la lengua, el arte, las prácticas religiosas y otros elementos culturales griegos, al mismo tiempo que permitió el contacto con las tradiciones de las poblaciones locales.
Posteriormente, Roma extendió su dominio por gran parte del Mediterráneo mediante conquistas militares, alianzas y mecanismos administrativos. El Imperio romano integró numerosas culturas y tradiciones, incorporando elementos griegos, etruscos, egipcios, orientales y de otros pueblos. El Mediterráneo se convirtió así en un espacio económico, político y cultural interconectado.
Desde una perspectiva museográfica, las piezas de estas culturas constituyen testimonios materiales de procesos históricos de larga duración. Cerámicas, esculturas, inscripciones, objetos religiosos, herramientas y bienes de intercambio permiten reconstruir aspectos de la vida cotidiana, las creencias, las estructuras sociales y las relaciones comerciales de las sociedades antiguas.
El legado mediterráneo es resultado, por tanto, de la interacción entre múltiples pueblos y tradiciones. Grecia y Roma desempeñaron un papel fundamental en la transmisión de conocimientos, instituciones, expresiones artísticas y concepciones que posteriormente influyeron en numerosas sociedades. Sin embargo, estas culturas deben comprenderse dentro de una historia más amplia de intercambios con Egipto, Mesopotamia, Persia, Anatolia, Fenicia y otros pueblos del Mediterráneo.
Las antiguas culturas mediterráneas muestran que la Antigüedad fue un período caracterizado no solo por el desarrollo de grandes civilizaciones, sino también por la movilidad, el comercio, la innovación y el intercambio cultural. Los objetos conservados constituyen huellas materiales de este proceso y permiten comprender la diversidad y, al mismo tiempo, las profundas conexiones que unieron a las sociedades del mundo antiguo.
Mesopotamia, cuyo nombre significa “tierra entre ríos”, comprende el territorio situado entre los ríos Tigris y Éufrates, principalmente en los actuales Iraq, Siria y Turquía. Su diversidad geográfica —desde las zonas septentrionales de la Yazira hasta las llanuras aluviales del sur— condicionó las formas de asentamiento, producción y organización de las sociedades que la habitaron. Mientras en el norte fue posible desarrollar agricultura de secano, en el sur fue necesario construir sistemas de irrigación para aprovechar las aguas de los ríos y transformar terrenos pantanosos o áridos en tierras cultivables.
El desarrollo de la agricultura permitió generar excedentes, favorecer el crecimiento demográfico y propiciar la especialización del trabajo, procesos que contribuyeron al surgimiento de las primeras ciudades durante el IV y III milenios a.C. La escasez de madera, piedra y minerales impulsó, a su vez, la creación de amplias redes de intercambio con Anatolia, el Levante, Irán y otras regiones del Próximo Oriente, así como con territorios más distantes.
Uno de los principales procesos de la historia mesopotámica fue el desarrollo de la escritura cuneiforme. Sus antecedentes se encuentran en pequeñas fichas de arcilla utilizadas desde el Neolítico para registrar cantidades y mercancías. Posteriormente, estos sistemas evolucionaron mediante las bullae y, finalmente, las tablillas de arcilla. Las primeras tablillas conocidas, asociadas especialmente con Uruk durante el IV milenio a.C., tuvieron principalmente funciones administrativas relacionadas con el control de bienes y recursos.
Con el tiempo, los signos pasaron de representar objetos y conceptos mediante logogramas a incorporar valores fonéticos, lo que permitió representar sonidos y sílabas. Este proceso hizo posible un sistema gráfico más flexible, utilizado para registrar diversas lenguas. Entre ellas destacan el sumerio, una lengua aislada de estructura aglutinante, y el acadio, perteneciente a la familia semítica.
La escritura cuneiforme trascendió su función administrativa inicial y se convirtió en un medio para registrar leyes, textos religiosos, mitos, tratados, documentos económicos, obras literarias y conocimientos científicos. Las tablillas de arcilla constituyen, por ello, una fuente excepcional para conocer las sociedades mesopotámicas y uno de los primeros testimonios de la humanidad utilizando la escritura para conservar y transmitir información a través del tiempo.
Los samis son un pueblo indígena del norte de Europa cuyo territorio tradicional, conocido como Sápmi, se extiende por el norte de Noruega, Suecia y Finlandia, además de la península de Kola, en Rusia. Su historia se encuentra estrechamente vinculada con los ambientes árticos y subárticos de Fennoscandia, donde desarrollaron formas de vida adaptadas a condiciones climáticas extremas y a los ciclos estacionales del territorio.
Aunque suelen asociarse principalmente con el pastoreo de renos, sus actividades tradicionales han sido mucho más diversas e incluyen la pesca, la caza, la recolección y el intercambio. El reno tuvo una importancia fundamental como fuente de alimento y de materias primas para elaborar vestimenta, herramientas, recipientes y otros objetos. Esta relación evidencia un amplio conocimiento del entorno y un aprovechamiento integral de sus recursos.
La diversidad también caracteriza a las sociedades sami. Existen varias lenguas sami, pertenecientes a la familia urálica, algunas de las cuales han experimentado una reducción de hablantes debido a procesos históricos de asimilación. En las últimas décadas se han desarrollado esfuerzos de revitalización lingüística y cultural. Asimismo, el gákti, vestimenta tradicional sami, constituye una importante expresión de identidad, cuyos diseños, colores y materiales pueden variar según la región y la comunidad.
La denominación “sami” forma parte de un proceso de reivindicación de la identidad propia. Durante siglos se utilizaron términos externos como “lapones”, mientras que las comunidades sami han reafirmado su derecho a nombrarse y representarse desde sus propias categorías culturales. Esta reivindicación se relaciona con una historia marcada por políticas de asimilación, restricciones lingüísticas, transformaciones religiosas y conflictos en torno al territorio y los recursos.
La Sala del Pueblo Sami del Museo Nacional de las Culturas del Mundo presenta esta diversidad mediante objetos relacionados con diferentes aspectos de la vida tradicional. La colección comenzó a formarse en 1964 gracias al trabajo de Barbro Dahlgren, Julio César Olivé Negrete y Bo Sommarström, quien adquirió diversas piezas a una familia sami de Karesuando, en el norte de Suecia. Entre los objetos destacan un reno naturalizado, una komse o cuna tradicional, un gákti y una reproducción de un goavddis, antiguo tambor ritual.
Incorporada a la exposición permanente desde la inauguración del museo en diciembre de 1965, la colección constituye un conjunto particularmente significativo para el contexto museográfico mexicano. Sus piezas permiten aproximarse a las formas de subsistencia, conocimientos técnicos, expresiones religiosas y elementos de identidad de determinadas comunidades sami.
Más que representar una cultura estática o perteneciente exclusivamente al pasado, la colección permite comprender a los samis como un pueblo indígena contemporáneo, cuya identidad se ha mantenido mediante procesos constantes de adaptación y transformación. Sus lenguas, prácticas, conocimientos territoriales y expresiones culturales continúan formando parte de una tradición viva.
La colección sami adquiere así un doble valor: documenta aspectos de una cultura material desarrollada en los ambientes septentrionales de Europa y, al mismo tiempo, invita a reflexionar sobre temas universales relacionados con los pueblos indígenas, como la defensa del territorio, la transmisión de conocimientos, la revitalización lingüística, la memoria cultural y el derecho a preservar y transformar la propia identidad.
La historia de los museos nacionales de México está estrechamente vinculada con la construcción del Estado mexicano y con la necesidad de reunir, conservar, estudiar y representar los testimonios de la naturaleza, la historia y las culturas del territorio nacional. Desde sus primeros años, el museo adquirió una función que trascendía la conservación de objetos: se convirtió en un espacio para producir conocimiento, organizar la memoria colectiva y contribuir a la construcción de una identidad nacional.
En 1825, durante la presidencia de Guadalupe Victoria, se dispuso la creación de un Museo Nacional en uno de los salones de la antigua Universidad. Aunque el proyecto atravesó diversas dificultades políticas e institucionales, constituyó uno de los primeros esfuerzos del México independiente por establecer una institución dedicada a reunir y preservar objetos científicos, históricos y culturales.
Un momento decisivo ocurrió en 1865, durante el Segundo Imperio Mexicano, cuando Maximiliano de Habsburgo decretó la reorganización del Museo Nacional y su traslado al edificio de la antigua Casa de Moneda, junto al Palacio Nacional. La inauguración oficial tuvo lugar el 6 de julio de 1866. Este inmueble se convirtió en un espacio fundamental para el desarrollo de la museología mexicana, al concentrar colecciones de arqueología, historia, antropología, etnografía y ciencias naturales.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, el museo pasó de un modelo cercano al antiguo gabinete de curiosidades a una institución orientada progresivamente hacia la clasificación científica, la investigación y la educación pública. Sus colecciones funcionaron como un verdadero archivo material del territorio mexicano y fueron utilizadas para estudiar tanto la naturaleza como las sociedades y el pasado del país.
Durante el Porfiriato, el crecimiento de las colecciones fue particularmente significativo. Expediciones, investigaciones, donaciones, adquisiciones y trabajos arqueológicos incrementaron considerablemente los acervos. Este crecimiento hizo necesario desarrollar procedimientos especializados de registro, catalogación, conservación e investigación, al mismo tiempo que favoreció la consolidación de disciplinas como la arqueología, la antropología y la historia.
Hacia el último tercio del siglo XIX, el estudio de las sociedades humanas adquirió una importancia creciente dentro del Museo Nacional. Los objetos arqueológicos comenzaron a utilizarse como fuentes para reconstruir las sociedades del pasado, mientras que los materiales etnográficos permitían documentar las formas de vida y expresiones culturales de los pueblos indígenas contemporáneos. Paralelamente, la antropología se encontraba en proceso de institucionalización y profesionalización.
El crecimiento y la especialización de las colecciones hicieron evidente la necesidad de separar progresivamente las ciencias naturales de las colecciones históricas, arqueológicas y antropológicas. Los ejemplares de zoología, botánica y mineralogía requerían métodos de conservación, investigación y exhibición específicos. Esta separación fue consecuencia tanto de necesidades administrativas como de la creciente especialización de las disciplinas científicas.
La historia del Museo Nacional puede entenderse, por ello, como un proceso de transformación y especialización institucional. De una primera concepción amplia, en la que naturaleza, historia y cultura se reunían en un mismo espacio, se pasó progresivamente a un sistema de museos especializados.
La antigua Casa de Moneda desempeñó un papel fundamental en este proceso. El edificio no sólo albergó colecciones, sino que se convirtió en un espacio de encuentro entre patrimonio, ciencia, investigación, educación y construcción de memoria. Sus prácticas de conservación, clasificación y exhibición sentaron bases para el desarrollo posterior de diversas instituciones museísticas nacionales.
El antiguo Museo Nacional constituye uno de los principales antecedentes de la museología mexicana contemporánea. Su trayectoria permite comprender cómo los objetos pasaron de ser considerados piezas aisladas a integrarse en colecciones organizadas científicamente, y cómo los museos comenzaron a desempeñar un papel central en la manera en que el país estudiaba, conservaba einterpretaba su propio patrimonio.
Anatolia, también conocida como Asia Menor, es una extensa península del occidente de Asia delimitada por los mares Mediterráneo, Egeo y Negro. Su posición entre Europa, Asia occidental, el Cáucaso y el Mediterráneo oriental la convirtió, desde la Antigüedad, en un importante espacio de contacto, migración e intercambio cultural. Su diversidad geográfica —formada por costas, montañas, valles, llanuras y una amplia meseta interior— favoreció el desarrollo de distintas formas de asentamiento, producción y comunicación.
A lo largo de milenios, Anatolia fue habitada por numerosas sociedades, entre ellas los hatti, hititas, frigios, lidios, griegos, persas, romanos, bizantinos, selyúcidas y otomanos. Estas poblaciones no sólo se sucedieron, sino que también interactuaron, intercambiaron conocimientos y transformaron las tradiciones precedentes. La península fue escenario de importantes procesos de sedentarización, agricultura, urbanización, metalurgia y desarrollo de redes comerciales.
La exposición presenta esta diversidad histórica mediante objetos que permiten reconocer las distintas culturas que se desarrollaron en Anatolia desde las primeras comunidades sedentarias hasta el final del Imperio otomano. Las piezas muestran cómo el territorio funcionó como un espacio de encuentro entre diferentes regiones y tradiciones culturales.
Uno de los episodios destacados es la batalla de Manzikert, ocurrida en 1071 entre el Imperio bizantino y los turcos selyúcidas. La derrota bizantina y la captura del emperador Romano IV Diógenes por Alp Arslan tuvieron importantes consecuencias políticas. Durante las décadas posteriores se intensificó la presencia de grupos turcos en Anatolia y surgieron nuevas entidades políticas, entre ellas el Sultanato de Rum. Sin embargo, la posterior “turquificación” e islamización de Anatolia fue un proceso prolongado y complejo, resultado de migraciones, conversiones, intercambios y transformaciones culturales desarrolladas durante varios siglos.
El jinete selyúcida permite aproximarse a este proceso desde la cultura material. Su representación reúne elementos relacionados con la tradición ecuestre y militar de los pueblos túrquicos, como la caballería ligera, la movilidad y el uso del arco, junto con símbolos vinculados con el islam y antiguas tradiciones culturales de Asia Central. La figura evidencia así la interacción de diferentes herencias culturales que caracterizó a las sociedades selyúcidas.
La historia de Anatolia puede comprenderse, por tanto, como una historia de continuidades, desplazamientos, intercambios y transformaciones. La llegada de nuevos pueblos no significó la desaparición inmediata de las sociedades anteriores, sino la incorporación y reinterpretación de sus ciudades, rutas, técnicas, tradiciones y formas de organización.
La sala propone entender Anatolia no sólo como un territorio geográfico, sino como un espacio histórico de encuentro entre culturas. Los objetos expuestos permiten observar cómo distintas sociedades construyeron sus identidades y transformaron el territorio, dejando un legado que contribuyó a la formación del mundo selyúcida, el Imperio otomano y, posteriormente, la actual Turquía.
La Biblioteca “Pedro Bosch Gimpera” del Museo Nacional de las Culturas del Mundo está especializada en el estudio de las culturas antiguas y contemporáneas del mundo, con un enfoque antropológico e histórico. Su acervo general está integrado por aproximadamente 9,000 volúmenes, entre libros, revistas y folletos, y constituye una parte fundamental de la memoria colectiva de diversos pueblos. Su contenido refleja la diversidad cultural, lingüística, étnica y geográfica del mundo.
Asimismo, la biblioteca contribuye al desarrollo de las actividades de investigación, formación y difusión que se realizan en la institución, al poner a disposición de sus usuarios recursos bibliográficos y servicios especializados de información.
Colecciones
La biblioteca cuenta con las siguientes colecciones:
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Libros
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Revistas
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Folletos
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Obras de referencia, como enciclopedias, diccionarios y atlas
Servicios
Entre los servicios que ofrece se encuentran:
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Préstamo en sala de lectura
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Préstamo interbibliotecario
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Consulta en sala de lectura
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Diseminación Selectiva de Información
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Búsqueda en bases de datos
Breve historia de la biblioteca
Hacia 1886, la biblioteca del antiguo Museo Nacional se encontraba en un salón contiguo al pasillo este, en el segundo nivel del inmueble, cerca del costado cuya fachada daba hacia la calle de Correo Mayor.
Fue hasta 1910, con la reinauguración de la institución en el marco de las celebraciones conmemorativas del Centenario de la Independencia, cuando el Museo y su biblioteca adquirieron una orientación especializada en las ciencias sociales, particularmente en los campos de la antropología, la arqueología, la etnografía y la historia.
En ese momento, al acervo bibliográfico se le destinó el espacio que actualmente ocupa la Biblioteca “Pedro Bosch Gimpera”, ubicado cerca del acceso en la planta baja. Antes de consolidarse como biblioteca especializada en las disciplinas que actualmente la distinguen, este espacio también albergó la Biblioteca de la Escuela Nacional de Antropología, antecedente directo de la actual Biblioteca Nacional de Antropología e Historia “Eusebio Dávalos Hurtado”, ubicada en Chapultepec, en el mismo complejo que alberga al Museo Nacional de Antropología.
La biblioteca del entonces Museo de las Culturas fue inaugurada en 1965 por el Lic. Julio César Olivé Negrete. A partir de 1990 lleva el nombre de “Pedro Bosch Gimpera”, en honor al destacado intelectual y arqueólogo catalán que llegó a México como exiliado tras la Guerra Civil española.
La presencia de Pedro Bosch Gimpera en México y su labor en el ámbito académico y museístico dejaron una importante contribución al estudio de la arqueología y de las ciencias antropológicas. En reconocimiento a su trayectoria y a sus aportaciones, la biblioteca lleva su nombre desde 1990.
El acervo fotográfico que se encuentra bajo resguardo del Museo Nacional de las Culturas del Mundo (MNCM) constituye un fondo documental de gran importancia, integrado por testimonios gráficos que dan cuenta de la diversidad de pueblos, grupos étnicos, costumbres, tradiciones, religiones y múltiples expresiones culturales de los cinco continentes.
Estas imágenes forman parte de la historia del Museo y constituyen el núcleo de su Fototeca. Se trata de un repositorio en constante crecimiento, que día con día se enriquece con los nuevos materiales generados a partir de las actividades y acontecimientos que tienen lugar en la institución. Cada registro fotográfico representa un valioso testimonio que contribuye a fortalecer y ampliar el acervo, al tiempo que documenta la riqueza del patrimonio cultural, tanto mueble como inmueble, que se conserva en este recinto.
Por ello, la gestión y preservación de este patrimonio documental representan una importante responsabilidad. Con este propósito, se llevan a cabo acciones encaminadas a su rescate, conservación, protección, registro, digitalización y reproducción, mediante los recursos y medios disponibles. Estas labores tienen como objetivo garantizar la preservación de las imágenes y facilitar su consulta, uso y disfrute, asegurando su permanencia para las futuras generaciones.
Desde 1957 existía el proyecto de construir un nuevo edificio para el Museo Nacional de Antropología (MNA), que en ese entonces se encontraba ubicado en Moneda 13, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Durante el gobierno del presidente Adolfo López Mateos, este proyecto se concretó con la construcción de una nueva sede en el Bosque de Chapultepec, en el marco del impulso a un sistema nacional de museos.
Paralelamente, el MNA y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) incrementaron su interés por difundir el conocimiento de las culturas del mundo mediante la organización de diversas exposiciones. Este contexto propició que, con la inauguración del nuevo edificio del MNA, el inmueble de Moneda 13 fuera destinado a albergar un proyecto museístico dedicado a las culturas internacionales, inicialmente concebido como “Museo de Antropología Internacional”.
Para conformar sus colecciones fue necesario obtener objetos representativos de diversos países, mediante alianzas y mecanismos de colaboración con instituciones académicas, diplomáticas y culturales de los cinco continentes. Entre 1963 y 1964, Eusebio Dávalos Hurtado, Beatriz Barba, Julio César Olivé y Román Piña Chan desarrollaron el concepto temático del proyecto, con la participación y aportaciones de otros especialistas.
El Archivo Histórico del Museo Nacional de las Culturas del Mundo (AHMNCM) resguarda los expedientes que documentan este proceso de creación y desarrollo. Su contenido ofrece información sobre las adquisiciones, intercambios y préstamos de piezas, así como sobre la planeación y proyección de las salas, los guiones museográficos, el diseño museográfico y las actividades de difusión. En conjunto, esta documentación constituye un testimonio fundamental de la trayectoria institucional y de la evolución del Museo a lo largo de más de seis décadas de existencia.
El acervo documental
El acervo del AHMNCM está integrado por aproximadamente 90 metros lineales de documentación y 9,103 expedientes. Antes de 2024, alrededor del 70.53 % del acervo ya se encontraba digitalizado. Si bien anteriormente se realizaron diversos esfuerzos para organizar y sistematizar la documentación, la falta de continuidad en estos trabajos impidió consolidar un sistema integral de gestión archivística.
En 2018, el Archivo recibió un espacio con mejores condiciones para su organización y resguardo. A partir de 2024 se implementó un plan de trabajo orientado a fortalecer las labores de conservación, estabilización y digitalización del acervo, así como a establecer criterios archivísticos que permitieran una organización más adecuada de la documentación.
Como parte de este proceso, se determinó sustituir la clasificación temática que se había utilizado anteriormente por una clasificación basada en la forma documental, en apego a los principios y criterios archivísticos. Asimismo, se planteó la elaboración de un Cuadro General de Clasificación Archivística y de un Catálogo de Disposición Documental, instrumentos fundamentales para la organización, conservación y gestión del patrimonio documental de la institución.
Actualmente, el AHMNCM forma parte de la “Gran Biblioteca de la Ciudad de México”, plataforma que cuenta con un micrositio de acceso público dedicado a los fondos documentales del Museo.
Puede consultarse en:
Inaugurada en 2010, tras un proceso de renovación arquitectónica y museográfica realizado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la Sala Intermedia es un espacio permanente concebido para el disfrute y aprendizaje de públicos de todas las edades.
Su propuesta integra elementos de mediateca, ludoteca y sala de lectura en un ambiente autogestivo, en el que la imaginación, la curiosidad y la creatividad son herramientas fundamentales para aprender, explorar y descubrir nuevas formas de acercarse a la cultura.
La Sala Intermedia está dirigida a niñas, niños, jóvenes, personas adultas y familias, quienes pueden explorar, descubrir y compartir conocimientos de manera dinámica, participativa y lúdica.
Servicios
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Sala de lectura: un espacio tranquilo y acogedor para acercarse a los libros y disfrutar de la lectura.
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Mediateca: recursos interactivos que permiten realizar un recorrido por la diversidad cultural del mundo a través de videos, fotografías y otros materiales audiovisuales.
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Ludoteca: un espacio destinado al juego, la creatividad y la convivencia, donde aprender también significa experimentar y divertirse.
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Visitas guiadas: recorridos que complementan y enriquecen la experiencia de acercamiento al patrimonio y a la diversidad cultural.
Oferta cultural
La Sala Intermedia cuenta con una programación cultural permanente y diversa, dirigida a visitantes de distintas edades. Entre las actividades que se realizan se encuentran:
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Ciclos de cine
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Cuentacuentos
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Talleres de fomento a la lectura
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Círculos de poesía
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Lecturas dramatizadas
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Charlas literarias
La Sala Intermedia es un espacio vivo y dinámico en el que la cultura, la educación y la creatividad convergen para generar experiencias significativas. A través de sus servicios y actividades, favorece el encuentro, la participación y el aprendizaje, y contribuye a fortalecer el vínculo entre la comunidad y el patrimonio cultural.
- DirecciónAlejandra Gómez Coloradodireccion.mnc@inah.gob.mx+52 (55) 5510 99 22Subdirección TécnicaNorma Angélica Silva Gómeznorma_silva@inah.gob.mx+52 (55) 5510 99 22Subdirección de Difusión y Relaciones PúblicasJorge Berdeja Martínezjorge_berdeja@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84Subdirección AdministrativaPatricia Apaez Legorretapatricia_apaez@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84Subdirección de Catalogación y DocumentaciónAlfonso Osorio Seguraalfonso_osorio@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84Restauración y ConservaciónMa. Fernanda Núñez Vázquezfernanda_nunez@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84Archivo HistóricoOctavio Martínez Acuñaoctavio_martinez@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84BibliotecaJulio Millán Hernándezjulio_millan@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84FototecaJoaquín Vega Gonzálezjoaquin_vega@inah.gob.mxComunicación EducativaMatilde Ortiz Nicolásmatilde_ortiz@inah.gob.mxSala IntermediaLaura Luna Hernándezlaura_luna@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84MuseografíaRamiro Torres Ávilaramiro_torres@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84ExposicionesRosaura Salas Canorosaura_salas@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84ArquitecturaRubén Darío Hernández Arellanoruben_hernandez@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84DiseñoDaniel Hurtado Riveradaniel_hurtado@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84PrensaGilberto Rendón Solaresgilberto_rendon@inah.gob.mxSeguridadJorge Adalberto Ramírez Ubaldojorge_ramirez@inah.gob.mx+52 (55) 4166 0780 al 84






