Mucho antes de que el fútbol paralizara al mundo, en el México prehispánico ya existía una práctica que reunía a multitudes: el Juego de Pelota. Conocido como “pok-ta-pok” por los mayas y “tlaxtli” o “ulamaliztli” por los mexicas, este evento no era solo una competencia física, sino un complejo ritual con profundas implicaciones religiosas, políticas, militares y económicas.
Se practicó desde aproximadamente el año 1400 a. C. y fue uno de los grandes denominadores comunes de las culturas mesoamericanas. Su importancia fue tal que, hasta el día de hoy, se han descubierto más de 1,500 canchas, desde el actual estado de Arizona en Estados Unidos hasta Costa Rica, lo que lo convierte en un invaluable legado cultural y arquitectónico.
El objetivo era mantener en el aire una pesada pelota de hule macizo (que podía pesar hasta 3 kilos). El juego era un enfrentamiento entre dos equipos rivales, de entre uno y siete jugadores cada uno.
Los jugadores debían golpear la pelota, principalmente con la cadera, aunque también hay registros del uso de antebrazos, hombros y espalda. Estaba prohibido que los jugadores tocaran la pelota con las manos o los pies, así como que la pelota cayera al piso.
Se lanzaba la pelota al lado contrario mediante pases o tiros directos, haciéndola rebotar contra los muros laterales de la cancha (llamados taludes). Con el tiempo, el juego evolucionó para incluir marcadores móviles que crearon ángulos para devolver la pelota con efectos menos previsibles, haciendo el juego más dinámico e interesante. Más tarde, se añadieron los aros de piedra empotrados en los muros altos, conocidos como “tlachtemalácat”.
Los puntos se conseguían cuando la pelota tocaba la pared o cruzaba la línea de fondo del oponente. Si un equipo lograba la hazaña de pasar la pesada pelota por el centro del aro, ganaba el partido automáticamente.
Aunque existen hasta 18 variantes arquitectónicas, la cancha típica tenía una forma rectangular (parecida a una "I" latina o una doble "T"). Estaba delimitada por dos edificios paralelos con muros inclinados que remataban en una cornisa, lo que permitía que la pelota tomara velocidad al rebotar y regresara a la zona de juego. Una línea central, llamada “tlécotl”, dividía el espacio entre los equipos.
La pelota estaba hecha de látex extraído del árbol Castilla elastica, mezclado con el jugo de una enredadera (Ipomoea alba). Esta mezcla le daba la rigidez y el rebote necesarios, pero la convertía en un peligro debido a la fuerza y velocidad que alcanzaba.
Los participantes generalmente pertenecían a la élite: nobles, guerreros destacados o, en algunos casos, prisioneros de guerra. Para protegerse del impacto de la pelota y de las constantes caídas en la cancha de piedra, usaban gruesos protectores de cuero en la cintura y caderas (yugos), rodilleras y protectores en las manos y complementaban con tocados ceremoniales que eran símbolos de poder, como jaguares, serpientes o aves.





