Opinión de un experto
El Rey
Chalcatzingo es uno de los asentamientos prehispánicos más relevantes, como lo demuestran los elementos iconográficos representados en las piedras sagradas del Cerro Ancho o de la Cantera.

El Monumento 1, conocido coloquialmente como “El Rey” y oficialmente como “El Dador del Agua”, es la representación más emblemática del sitio. Descubierto en los albores de la década de los treinta, gracias a un evento natural conocido por los lugareños como “culebra de agua”, El Rey ha sido desde entonces un personaje enigmático. De hecho, los especialistas comenzaron a estudiarlo antes de iniciada la definición de lo olmeca en Mesoamérica. En él es posible apreciar el ciclo del agua en su representación mítica, con elementos naturalistas y geométricos que nos remiten a nubes, gotas de lluvia, vapor de agua o volutas de la palabra, junto con aves y plantas exóticas, que representan la cueva donde surge este personaje. Destacan también el ojo con ceja flamígera (muy olmeca) y la doble voluta horizontal, un elemento iconográfico repetitivo que se aprecia en la gran mayoría de los bajorrelieves tallados en la ladera del Cerro Ancho, así como en algunas estelas y altares.

El Rey es, entonces, la síntesis de un discurso desarrollado a través de los demás bajorrelieves, desde el Monumento 5 (“La Creación”), donde se exalta el nacimiento o surgimiento del hombre, hasta el Monumento 2 (“La Procesión de la Fertilidad”), donde los personajes humanos portan atavíos y máscaras de los seres míticos zoomorfos que se representan en los grabados que le anteceden, pasando por las representaciones míticas de felinos que libran una lucha de dominación sobre los seres humanos. Dicho discurso sucede durante el arribo de distintos grupos étnicos provenientes tanto de la costa del Golfo como del centro de México, y cuya cosmovisión se integró con la de los pobladores locales de aquella época.

Así, El Rey contiene la totalidad de la carga simbólica expresada de forma parcial en cada uno de los monumentos que le anteceden en la ladera del Cerro Ancho. Se trata del grabado olmeca más antiguo del Altiplano Central, donde se da lectura a iconos que se volverán parte medular de la cosmovisión mesoamericana en periodos tan lejanos como el Posclásico.


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