Opinión de un experto
El Museo de Artes y Oficios: un enfoque etnológico

Hace poco más de 72 años, una disposición presidencial del general Lázaro Cárdenas creó el Museo de Artes e Industrias Populares en la ciudad de Pátzcuaro. Su fin era –y es– reivindicar el valor económico y estético de las manufacturas elaboradas en los pueblos purépechas. Para este fin se dedicó un edificio del siglo XVIII, compuesto de once habitaciones que se habilitaron como salas de exposición. El inmueble era una readaptación de la primera sede del Primitivo Colegio de San Nicolás fundado por Vasco de Quiroga en el siglo XVI. De entonces a la fecha, el museo ha experimentado varias transformaciones en su mobiliario, en el orden de la exposición y en su colección, como lo atestiguan fotografías y documentos fechados en diferentes momentos. Cabe mencionar la remodelación efectuada en la década de 1970, cuando se agregaron vitrinas elaboradas por la familia de carpinteros Cerda de Pátzcuaro, y se liberó una parte de la yácata que se encuentra en el patio posterior. En diciembre de 2010, el museo reabrió sus puertas luego de trabajos de mantenimiento del edificio, y tras una reestructuración museográfica basada en un contenido etnológico con el que se buscó renovar el interés del visitante por acercarse, no solamente al gusto por las manufacturas, sino al conocimiento del modo de vida y organización de los pueblos que las producen.


El proyecto

La conmemoración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución mexicana dieron la cobertura para que varios museos del país se reestructuraran. A Michoacán correspondió el privilegio de que se consideraran tres de sus museos bajo la custodia del INAH. Éstos fueron el Museo Regional Michoacano, el Museo de Sitio Casa de Morelos, ambos ubicados en la ciudad de Morelia, y el Museo de Artes e Industrias Populares de la ciudad de Pátzcuaro. Una vez tomada la decisión, en marzo de 2008 se conformaron los equipos para elaborar los guiones curatoriales, quedando el MAIP a cargo de las investigadoras Aída Castilleja González y Catalina Rodríguez Lazcano para la exposición permanente. El proyecto museográfico correría a cargo de la Coordinación Nacional de Museos y Exposiciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia. El primer problema por afrontar fue el de definir las dimensiones de los cambios que se deseaban hacer al museo, ya que se trataba de un espacio con una atmósfera suspendida en el tiempo muy acorde con el contexto virreinal de la ciudad de Pátzcuaro que agradaba a mucha gente que lo conocía. Por otro lado, el museo había ganado un lugar como centro en donde los productores encontraban apoyo para difundir y vender sus manufacturas artesanales, aunque en fechas recientes esa característica se había perdido. En estas circunstancias, el reto era hacer una propuesta que mantuviera su vocación y a la vez reflejara los avances del conocimiento en materias histórica y etnográfica. El punto de partida para elaborar el guion científico o curatorial fue un temario que resaltaba dos aspectos centrales: la configuración histórica de la región, entendida en su composición multicultural como resultado de la coexistencia de distintas etnias, y las relaciones entre éstas y sectores no indígenas de la sociedad regional; y el papel del trabajo como hilo conductor para comprender la diversidad de las artes y los oficios que se presentan en la actualidad. Fue así como se optó por denominarlo Museo de Artes y Oficios. En su primer apartado, el guion dibuja un panorama de cómo el puréecherio se configuró como una región cultural a partir del asiento del clan uacúsecha, y la extensión de su poderío y del Estado tarasco, sobre el cual posteriormente se refundó el dominio virreinal español, reorganizando el espacio civil, eclesiástico y económico, y reajustando también las formas de trabajo para satisfacer las necesidades de las nuevas empresas virreinales y los centros urbanos recién creados. Nuevas especializaciones surgieron tanto en los pueblos de indios como en el ámbito donde se concentraba la población blanca y negra, que se organizaba en torno a gremios bajo la advocación de un santo patrón. El segundo apartado, expuesto en una pequeña sala, está dedicado a la historia del edificio y, de manera particular, a las instituciones de las cuales ha sido sede.

El tercero de los apartados se ocupa de las artes y los oficios que se dan en los pueblos purépechas. En el recorrido elegimos la reflexión sobre ciertos temas que, en su conjunto, permiten una comprensión más cabal de la complejidad que encierra el concepto del trabajo y que se engarzarían con cada una de las expresiones del trabajo: el conocimiento transmitido de generación en generación, el ser parte de un engranaje social regional, el uso de materias primas obtenidas del entorno, el ser un reflejo de la permanencia y los cambios (que incluyen a veces la extinción del propio oficio) y el condensar la intervención de múltiples participantes para la consecución de un fin. Esta segunda parte del recorrido se inicia con la exposición de las actividades primarias: [–] recolección, caza, pesca, agricultura, la elaboración de alimentos que tiene como elemento central el maíz, la producción alfarera, los oficios de la construcción; trabajos con fibras vegetales; oficios que presentan alguna singularidad por ser específicos de algún centro de población o de familias de éstos, por la destreza que requieren, o por su estado de extinción; el trabajo de la madera, tanto artesanal como semiindustrial; el decorado con maque y laca, y todos los que tienen que ver con los textiles, como los bordados, los tejidos en telar de cintura y, finalmente, el oficio de laudería, que nos permite hacer el enlace con el oficio de hacer e interpretar la música. Todos estos oficios y otros no incluidos constituyen la urdimbre que da sostén a la sociedad purépecha en esta región cultural o sociedad regional, pero el cuerpo no estaría completo sin la red de relaciones que se tejen como una trama a través del intercambio de bienes y servicios entre las personas, las familias –y con referencia a la devoción de la sociedad y sus entes protectores y divinos. Relaciones que también se extienden al ámbito extrarregional, vinculando al puréecherio con el mercado nacional e internacional.

Para darle contenido, invitamos a varios especialistas a escribir sobre cada uno de los apartados del temario. Algunos autores se avocaron a escribir textos ex profeso y otros nos permitieron usar fragmentos de trabajos ya publicados, con lo cual se conformó la primera versión del guion científico. A partir de éste, procedimos a elaborar el guion temático, en el que vertimos las primeras propuestas de formas de representación y de posibles materiales para su ilustración museográfica. Esto constituyó un interesante ejercicio de imaginación para acomodar los temas en las salas, que presentan diferentes dimensiones y características ambientales, de humedad, temperatura e iluminación. En el camino, hubo que hacer infinidad de ajustes, sobre todo cuando tuvimos los primeros intercambios con los museógrafos designados Enrique Martínez y Jesús Álvarez, con quienes poco a poco fuimos aclarando las ideas al verlas plasmadas en plano e imaginarlas en vitrinas, plataformas o paneles.

Las tareas

Aún sin conocer el contenido definitivo, nos dimos a la tarea de redactar una versión preliminar de las cédulas a partir del guion curatorial. Las cédulas se dividieron en: una introductoria para el ingreso al museo, traducida al purépecha; temáticas, una por cada tema; subtemáticas para la descripción de las partes integrantes de cada tema, y las de objeto, colocadas al pie de las vitrinas, paneles y plataformas, para dar cuenta de asuntos específicos relacionados con los objetos o temas representados.

También se consideró importante proporcionar información detallada de las técnicas de trabajo de distintos oficios a través de cédulas de mano, ilustradas con fotografías o dibujos y complementadas con directorios de artesanos para el público interesado en visitar personalmente los talleres. Se nos sugirió también incorporar cédulas electrónicas, para lo cual se contrató la videograbación del proceso de elaboración de las cocuchas, de la pasta de caña, de la preparación de alimentos y de la interpretación de las músicas propias de la región; además se documentó fotográficamente el trabajo de la preparación de una canoa en la localidad de Comachuén, que luego fue trasladada a la población ribereña de Ichupio. Con este material se elaboraron cinco cápsulas para las cédulas electrónicas; incorporamos una sexta de estas cédulas retomando un trabajo que ya había llevado a cabo la Dirección de Medios del INAH, relativa a la celebración del Corpus.

La colección

Mención aparte entre las tareas merece la conformación de la colección que sería incluida en la exposición permanente. Desde un principio estuvimos convencidas de que la riquísima colección existente en el museo fuera la base principal, a la cual se añadirían préstamos, donaciones y nuevas adquisiciones. Estas últimas constituyeron una de las aventuras más gratificantes del proyecto, ya que a partir de la búsqueda de objetos específicos se entabló contacto con personas que se hicieron “cómplices” de la idea, y participaron gustosas aportando lo mejor de su arte, su oficio y su conocimiento.

Así por ejemplo, Naná Eulalia Navarro, de Cuanajo, se esmeró en bordar y coser el traje completo para una imagen de la Virgen. Male Elvia, de Zipiajo, apoyó con la puesta en escena de un horno a cielo abierto, preparado con ollas de distintos tamaños elaboradas por ella y otras mujeres de su familia, e hizo algunas de las prendas de la indumentaria femenina para representar a su pueblo en el museo y, para asegurarse que fuera correctamente portada, vistió ella misma el maniquí; lo mismo ocurrió con la familia Lucas Mateo, que se dedicó a vestir a una digna representante de Tarecuato; Tatá Camerino Ramos, de Comachuén, proporcionó los aperos de agricultura con sus nombres en español y purépecha, y una listas de las actividades implicadas en el ciclo agrícola; asimismo, la familia de Tatá Mauricio Cira llegó, desde Ichupio, a ultimar los detalles en la representación de la escena de pesca para que los objetos que había aportado quedaran bien expuestos. Naná Juana Alonso, de Cocucho, junto con su nuera, nieta y bisnieta, se dio a la tarea de representar cuatro de las fases de la elaboración de las grandes y esbeltas ollas que distinguen a su pueblo natal, y amablemente permitieron ser fotografiadas y grabadas para una cápsula. La selección de bienes para su incorporación en esta nueva museografía dejó ver, con claridad, la coexistencia de objetos que parecen ser más resistentes al tiempo y otros cuyos cambios apenas dejan ver estadios previos de esas formas de producción. Dejó también ver cómo hay especializaciones en el trabajo que, gracias al esfuerzo de ciertos artesanos, buscan recuperar y recrear técnicas que se han resistido a desaparecer.

El montaje

Dos semanas bastaron a la empresa de carpintería para colocar y acondicionar el mobiliario en color café oscuro, y a los equipos de montajistas de la Coordinación Nacional de Museos y Exposiciones para transformar las once habitaciones vacías en el Museo de Artes y Oficios. La velocidad, ciertamente, dificultó en momentos la estrecha comunicación que habíamos tenido entre montajistas y curadoras, y en algunos casos no fue posible mantener sutilezas plasmadas en el guion, por la reinterpretación o adecuación que fue necesario hacer al momento de poner una pieza en lugar de otra o al disociar las fotografías o las cédulas de los objetos para los que fueron pensadas. No obstante, consideramos que el resultado general cumple con creces los objetivos que inicialmente planteamos: presentar a las personas como las protagonistas que están detrás de las variadas formas del trabajo. Modalidades que, en algunos casos, quedan plasmadas en los productos distintivos de esta región cultural, que se ven y adquieren en las tiendas de la ciudad de Pátzcuaro, en mercados, tianguis y ferias artesanales. Producción que es fruto de un conocimiento, habilidad y destreza resultantes de transformaciones dinámicas e innovaciones que hombres y mujeres de distintas edades y condiciones han sabido hacer, adaptándose a los cambios que les imponen la sociedad regional y nacional.
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